“E depois do adeus”: Cómo una canción de Eurovisión inició una revolución

Hoy, 25 de abril, se cumplen cincuenta y dos años de la revolución de los claveles, el día en el que Portugal se levantó contra la dictadura del Estado Novo. Este hecho, que también tuvo trascendencia en nuestro país, demostró que incluso una canción de amor puede ser cargada de un mensaje político.

Sucedió en 1974. Mientras que los años 70 llegaron a la mayor parte de la Europa Occidental acompañada por ritmos de pop, por lentejuelas y por peinados que sólo podían obtenerse mediante cantidades ingentes de laca, la realidad para otros países era muy distinta.

España, Grecia y Portugal se encontraban aún sumidos en tres dictaduras que comenzaban a tambalearse. Y aunque la mayor parte del mundo siga recordando a Waterloo de ABBA como el tema por excelencia de esa edición —y no es para menos, ya que, no sólo ganó, sino que se convirtió en un éxito a nivel mundial— , hubo otro que pasó a la historia como el comienzo de un levantamiento.

Eurovisión nació de la política (de convivencia)

A pesar de lo que puedan decir, Eurovisión ha estado siempre estrechamente ligado con la política. Su propio origen es político.

En 1950, tras la destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial, los países del oeste de Europa intentaron encontrar una manera de conseguir la reconciliación entre sus ciudadanos. Para esto, la BBC del Reino Unido organizó en un hotel del pueblo costero inglés de Torquay una reunión con los representantes de veintitrés difusoras; no sólo de Europa, sino también del este de Asia. 

Finalmente, la Unión Europea de Radiodifusión fue fundada ese mismo año por las televisiones de diecinueve países: Bélgica, Dinamarca, Egipto, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Líbano, Luxemburgo, Marruecos, Noruega, Países Bajos, Portugal, Reino Unido, Suecia, Suiza, Turquía y la Ciudad del Vaticano. Con el tiempo, más naciones se irían uniendo a esta lista, llegando a la cifra actual de 112 miembros.

La primera conexión fue entre Francia y Reino Unido. No se trataba de un espectáculo de grandes pretensiones, sino simplemente de una grabación de la feria de la ciudad francesa de Calais para el disfrute de la audiencia británica. Al principio, la mayor parte de contenidos del ya llamado Eurovisión eran así: carreras de caballos italianas, cabalgatas suizas y hasta la coronación de Isabel II. El propósito era que los europeos conociesen un poco más a sus vecinos. Era, por tanto, una política de convivencia.

Fue en 1956 cuando nació el Festival de la Canción de Eurovisión, inspirado por el festival italiano de Sanremo. Se celebró en la neutral Suiza y contó con la participación de Alemania Occidental, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos y el país anfitrión, que también resultó el ganador.

El ambiente turbulento de Eurovisión 1974

Muy pronto, tanto los dirigentes políticos como los artistas se dieron cuenta de que los medios de comunicación podían utilizarse para persuadir a la población, y esto era evidente en el año que nos concierne para hablar de este hecho histórico.

El evento, celebrado en Brighton, fue boicoteado por Austria ante las protestas de sus ciudadanos contra las dictaduras española y portuguesa; curiosamente, el mismo país que ejerce de anfitrión este año y cuyo primer ministro pide ahora evitar cualquier boicot

La política interna de algunos países también marcó el desarrollo del concurso. Los representantes de Países Bajos cantaron Ik zie een ster (Veo una estrella), cuya letra astutamente comparaba la sensación de estar enamorado con los efectos de la marihuana; el país se encontraba en proceso de debate para la despenalización del cannabis, que se efectuaría dos años después.

Italia se negó a retransmitir el festival ya que temía que su propia candidatura pudiese impactar en los resultados del referéndum sobre la derogación de la ley del divorcio. Esto se debía a que el tema se llamaba y consideraban que podía tratarse de un mensaje subliminal. Por su parte, la candidatura israelí contenía una crítica alegórica a su primera ministra Golda Meir, aludía a la guerra del Yom Kipur y se posicionaba a favor de la creación de un estado palestino.

En este contexto tan convulso, resulta irónico que ganase una canción sobre una guerra. Waterloo de ABBA se llevó el primer lugar y se convirtió en un éxito mundial.

Portugal, por su parte, quedó en última posición. Pero su candidatura ganaría relevancia internacional dos semanas después del concurso.

Una balada como señal para un levantamiento

El 24 de abril de 1974, a las once menos cinco de la noche, una canción sonó en la radio Emissores Associados de Lisboa: E depois de adeus de Paulo de Carvalho, una balada sentimental que trataba de una ruptura. No era un tema controvertido, ni mucho menos político. Sin embargo, era la señal inicial utilizada por los revolucionarios que estaban a punto de derrocar el régimen salazarista.

El camino hacia esa noche comenzó años atrás con un accidente doméstico casi surrealista. En 1968, el dictador António de Oliveira Salazar se cayó de una silla de lona y sufrió un hematoma cerebral que lo apartó del mando. Le sucedió Marcelo Caetano, quien prometió unas reformas que nunca llegaron.

El régimen del Estado Novo se hundía bajo su propio peso, asfixiado por un aislamiento internacional creciente y, sobre todo, por unas guerras coloniales interminables en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau que desangraban a la población.

El descontento no solo estaba en las calles, sino en los cuarteles. Los oficiales de rango medio comprendieron que la victoria en África era imposible y que la única salida era derrocar el régimen en la metrópoli. Para coordinar un golpe de Estado sin levantar las sospechas de la PIDE (la policía política), los revolucionarios diseñaron la estrategia de usar canciones como señales de radio.

E depois de adeus fue la canción elegida para comenzar el levantamiento puesto que, como ya se ha mencionado, no tiene una letra política y, a pesar del fracaso de Eurovisión, estaba de moda entre la juventud. La elección de la canción de Paulo de Carvalho fue una jugada maestra de distracción. Era un tema tan inofensivo y melancólico que ningún censor sospechó que su emisión era la señal de alerta para que los militares ocuparan sus puestos en el cuartel de Pontinha, a las afueras de Lisboa.

Poco después, ya en la madrugada del 25 de abril, sonaría la segunda señal: Grândola, Vila Morena de Zeca Afonso, canción que había sido prohibida por el régimen. Con ella, los tanques salieron a la calle.

La revolución de los claveles

Tras una noche que parecía interminable, en la que Marcelo Caetano huyó para refugiarse en el cuartel del Carmo y los propios soldados a favor del régimen se negaron a disparar contra sus compatriotas, sucedió el momento que fue una imagen para la posteridad. 

Celeste Caeiro, madre soltera de mediana edad y camarera en un restaurante llamado Sir, se dirigía a su casa tras una jornada de trabajo cancelada debido al levantamiento. Ese día, el local debía haber celebrado su primer aniversario y el dueño había comprado claveles para repartir entre los clientes. Al cancelarse el servicio por el caos en las calles, le dijo a Celeste que se los llevara.

Fue así como, con los brazos cargados de flores, Celeste se topó con los tanques en el centro de Lisboa. Un soldado le pidió un cigarrillo, pero ella, que no fumaba y no tenía nada más que ofrecer, le tendió un clavel. El joven militar lo aceptó y lo colocó en el cañón de su fusil; sus compañeros no tardaron en imitar el gesto.

Aquel momento le dio al golpe de Estado el nombre de Revolución de los Claveles, un símbolo de paz que desarmó psicológicamente a las tropas que aún dudaban, demostrando que el régimen de Caetano ya no tenía balas que pudieran contra la voluntad de un pueblo y la sencillez de una flor.

El impacto histórico de una canción

Paulo de Carvalho no era un activista político. Su camino en el mundo de la música había comenzado con el grupo Sheiks, una especie de equivalente portugués a los Beatles. Debido al servicio militar obligatorio, la banda se disolvió. Al terminarlo, el cantante decidió retomar su carrera como solista.

Sin embargo, la historia quiso que su figura se viese directamente entrelazada con la revolución por lo que, a día de hoy, se muestra abiertamente en contra del gobierno del PSD y habla de la libertad como una flor a la que no están cuidando.

Por supuesto, la RTP, la televisión pública de Portugal, es consciente del impacto de esta canción. Tanto que, cuando en 2018, tras la victoria de Salvador Sobral, les llegó el turno de organizar el concurso, eligieron la segunda semifinal para retransmitir un resumen de dos minutos en el que no solo hablaban de la Revolución de los Claveles, sino también de otras ocasiones en las que Eurovisión estuvo marcado por la política del momento.

Del clavel al olivo

Cincuenta y dos años después de que una balada sentimental que fracasó en Brighton sirviera para derrocar al régimen del Estado Novo, la Unión Europea de Radiodifusión se enfrenta hoy a su propia hipocresía histórica. Resulta cínico que la organización se enorgullezca de haber sido la señal de libertad para Portugal mientras hoy, bajo la excusa de la neutralidad, intenta silenciar el clamor global contra la presencia de Israel en el certamen.

Resulta éticamente insostenible que Austria, el país que en 1974 lideró un boicot moral contra las dictaduras ibéricas, sea hoy el anfitrión que exige “neutralidad” para acallar las protestas de países como España, Países Bajos o Irlanda. En 2026, su silencio frente a la realidad de Palestina no es una postura apolítica; es el sonido de una organización que ha preferido marchitar su propia historia antes que incomodar al poder. ¿Por qué hoy se nos intenta convencer de que señalar la injusticia es “politizar” el arte?.

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