‘La Odisea’ o cómo cubrir con yeso la memoria mediterránea

La superproducción, que opta al Óscar a Mejor Película, demuestra cómo Hollywood sigue ninguneando a las culturas del Mare Nostrum.

Incluso desde antes de su estreno, La Odisea de Christopher Nolan estuvo rodeada de polémicas, pasando por algunas más serias, como el rodaje de algunas escenas en el Sáhara Occidental ocupado por Marruecos, hasta otras señaladas por los más puntillosos como la falta de rigor histórico la ambientación o una representación de personajes femeninos tan falocéntrica que te hace pensar que el nacido en la Antigüedad no es Homero, sino el director.

Pero una discusión que ha sido reavivada varias veces ha sido la del tan deficiente elenco. Se habló de ello al ser anunciados los miembros del reparto; se habló de ello al ser compartidos los primeros tráileres y se hablo de ello al estrenarse la película. Ahora que parece caber la posibilidad de que La Odisea compita contra La bola negra de Los Javis que es, justamente, una cinta española, se ha vuelto a hablar del tema que nos concierne: la carencia del mediterráneo en una leyenda íntegramente mediterránea.

Irene Papas como Helena de Troya en 'Las troyanas' (1971).
La actriz griega Irene Papas como Helena de Esparta en 'Las troyanas' (1974).

Los aparentes límites de la diversidad

Desde el comienzo de su historia, el cine anglosajón, tanto el de Hollywood como el de Londres, ha usado a actores WASP —acrónimo en inglés de “protestante blanco anglosajón”— para representar a personajes de cualquier parte del mundo. Véase el ejemplo de Lirios rotos (1919) de D. W. Griffith, donde Richard Barthelmess interpretó al budista Cheng Huan. Esto, por supuesto, era algo que se hacía en todos los países del mundo ya que en una época en la que no había prácticamente inmigración era prácticamente la única opción disponible para incorporar otras culturas en las historias de la gran pantalla. A eso hay que sumarle la falta de concienciación y estudio acerca del racismo, tanto en el ámbito académico como en un lenguaje más divulgativo.

Con el paso del tiempo, gracias al trabajo del academicismo y a los diversos movimientos dentro del sector cinematográfico que desde los años 70 han luchado incansablemente para exigir una mayor representación de identidades en la gran pantalla y corregir los sesgos de la industria, se han abierto caminos muy importantes para diversos colectivos. Sin embargo, en este proceso de supuesto avance inclusivo, la parte mediterránea parece no importar.

Cuando el reparto de La Odisea fue anunciado, Elliot Page, Zendaya y Lupita Nyong’o recibieron incansables insultos transfóbos y racistas por no ser buenas opciones para encarnar a Sinon, Atenea y Helena de Esparta, respectivamente. Las críticas tenían razón en algo: estos tres actores no eran las mejores elecciones para interpretar a estos personajes. Pero tampoco lo eran el resto de los integrantes del elenco.

En especial, Lupita Nyong’o, al ser una mujer de piel oscura, no sólo fue la que más golpeada, sino que también fue en reiteradas ocasiones comparada con Diane Kruger, la cual también había interpretado a Helena en Troya (2004) de Wolfgang Petersen.

El hecho de que la turba racista considerase que Zendaya y Lupita Nyong’o no tienen cabida en una película sobre la Antigua Grecia, pero que sí lo tienen otros actores como Tom Holland, Robert Pattinson, Brad Pitt o la misma Diane Kruger demuestra que, psicológicamente, la audiencia anglosajona se cree heredera y partícipe de una cultura y una historia que no le pertenece ni por ascendencia ni por nacimiento. Pero la semilla que ha dado lugar a este árbol tan torcido no fue plantada por el cine, sino que se remonta tiempo atrás.

Dos Helenas de Esparta: Diane Kruger en 'Troya' (2004) y Lupita Nyong'o en 'La odisea' (2026).
Dos Helenas de Esparta: Diane Kruger en 'Troya' (2004) y Lupita Nyong'o en 'La odisea' (2026).

La invención de una Grecia descolorida

Para conocer el comienzo de esta apropiación simbólica es necesario remontarse al pensamiento ilustrado del siglo XVIII, durante el cual se produjeron grandes descubrimientos arqueológicos. Las élites intelectuales de potencias como Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos, encumbraron a la Antigua Grecia como la supuesta e indiscutible “cuna de la civilización occidental”. Esta conceptualización exigió una separación deliberada entre la mitología y la historia clásica con respecto a su verdadero sustrato humano, antropológico y geográfico. Es decir, separar a las leyendas de antaño de los griegos que seguían viviendo en su tierra como si no tuviesen ningún tipo de relación.

En la mentalidad de aquellas oligarquías intelectuales, Grecia dejó de concebirse como una nación real, habitada por comunidades humanas vinculadas genealógicamente a los pobladores de la antigüedad, para transformarse en una abstracción estética al servicio de los discursos de hegemonía europea. Las representaciones pictóricas de los dioses y mitos griegos elaboradas durante aquel periodo reflejaban de inmediato esta mirada: en lugar de usar modelos griegos, presentaban los rostros y las anatomías de las deidades conforme a los cánones físicos de las élites centroeuropeas y nórdicas.

A este sesgo ideológico se sumó un error histórico de enorme calado conocido como el “mito del mármol blanco”. Cuando las estatuas de la antigüedad fueron descubiertas, la gente asumió erróneamente que los griegos tenían que ser tan blancos como ese mármol. Hoy en día sabemos que esas esculturas estaban originalmente pintadas con colores vibrantes, pero el pigmento se perdió a lo largo del tiempo, e incluso en algunos casos se llegó a fregar y arrancar el color intencionadamente antes de exhibirlas en los museos.

La Kore de Kios en su aspecto actual y en una reconstrucción policromada.
La Kore de Quios en su aspecto actual y en una reconstrucción policromada.

Simbólicamente, esta condescendencia eurocéntrica derivó en prácticas de expolio directo amparadas bajo un paternalismo colonial. El caso más paradigmático lo protagonizó el diplomático británico Lord Elgin a principios del siglo XIX, quien despojó al Partenón de Atenas de sus frisos escultóricos —hoy custodiados en el Museo Británico— bajo el pretexto de que la población griega contemporánea carecía de la capacidad técnica o cultural para custodiar su propio patrimonio. Aun así, utilizó una sierra para arrancar a la fuerza a la Cariátide del Erecteion, la cual fue también llevada a Londres.

A día de hoy, sus cinco hermanas la siguen esperando en Atenas.

La Cariátide expoliada aún se encuentra en el British Museum.

El siglo XX y la jerarquización racial

Con el advenimiento del siglo XX y ascenso de las dictaduras en Europa, la apropiación del pasado mediterráneo adquirió matices profundamente ideologizados y pseudocientíficos. El historiador francés Johann Chapoutot, en su libro Greeks, Romans, Germans: How the Nazis Usurped Europe’s Classical Past (2016), cuenta que cuando los teóricos raciales de Hitler intentaron buscar un pasado glorioso que hubiese dado comienzo a la raza aria, dieron con la indiscutible evidencia de que las grandes civilizaciones primigenias habían florecido en el sur de Europa, cuyos pueblos eran considerados inferiores al ser productos del mestizaje. Los pensadores nazis, por tanto, articularon una narrativa destinada a reclamar la autoría aria de la civilización clásica.

Mediante la sobreinterpretación de episodios históricos como la invasión dórica, sostuvieron que el esplendor cultural de la edad de oro ateniense y espartana fue el resultado exclusivo de la irrupción de sangre nórdica pura. Para justificar la contradicción evidente de que la población griega contemporánea no respondiera a dichos fenotipos, postularon que el posterior declive de la civilización helénica obedeció a la degeneración biológica provocada por el cruce continuado con las poblaciones mediterráneas nativas, a las cuales calificaban de inferiores.

Estas formulaciones ideológicas no se extinguieron con el fin de los conflictos bélicos del siglo XX; por el contrario, encontraron un canal de difusión masivo e imperceptible a través del modelo industrial de Hollywood, donde la estetización nórdica de la antigüedad ya constituía el estándar visual preestablecido.

Cartel de los JJ.OO. de 1936 en Berlín, que utilizaba iconografía clasicista, reminiscente del arte grecorromano.
Cartel de los JJ.OO. de 1936 en Berlín, que utilizaba iconografía clasicista, reminiscente del arte grecorromano.

La radiografía de la distorsión cinematográfica según cada contexto cultural

Amparados pro la idea de que la herencia clásica pertenece de manera genérica a la civilización occidental, la industrias estadounidense y británica han consolidado una narrativa en la que los pueblos mediterráneos no solo son despojados de su representación histórica, sino sistemáticamente marginados o reducidos a estereotipos degradantes.

Dentro de este panorama de exclusión, la trayectoria de la comunidad italoestadounidense sea probablemente la más significativa del proceso de digestión de este relato. A su llegada a Estados Unidos, los inmigrantes italianos sufrieron una intensa discriminación social que en numerosas ocasiones escaló hacia una violencia extrema, materializada en episodios tan graves como el linchamiento masivo de once ciudadanos italianos en Nueva Orleans en 1891 o en los violentos ataques perpetrados por el Ku Klux Klan contra comunidades católicas e italianas durante el siglo XX. Y, aunque con el paso de las décadas lograron integrarse mediante su asimilación gradual a la cultura dominante WASP, esta pretendida integración jamás se tradujo en un respeto cultural dentro de la industria audiovisual. Lejos de ello, el cine y la televisión perpetuaron una pésima representación donde su identidad quedó reducida casi en exclusiva a la criminalidad, una tendencia tan normalizada que los propios creadores e intérpretes italoamericanos han acabado asumiendo y reproduciendo estos mismos estereotipos unidimensionales en sus obras.

El estudio elaborado por el Italic Institute of America, tras analizar 1.512 producciones cinematográficas estrenadas desde 1914 hasta 2014, reveló un sesgo institucionalizado persistente. El 68,5% de los filmes proyectaba una valoración negativa de la cultura italiana; en concreto, el 34,8% retrataba a los italianos como criminales violentos y un 33,7% como individuos de dudosa catadura moral, relegando los papeles complejos o heroicos a un escaso 31,5%. El informe concluyó que la riqueza y diversidad de la experiencia italoamericana ha quedado sepultada bajo el peso de un estereotipo criminal consolidado de forma masiva tras el éxito comercial de El Padrino (1972).

En cuanto a la representación de Oriente Medio y el Norte de África, la investigación liderada en 2018 por expertas de la San Jose State University examinó la presencia de estos colectivos en la ficción televisiva de máxima audiencia. Los datos determinaron que el 67% de los actores de esta procedencia interviene exclusivamente en tramas policiales o de tensión geopolítica y que el 78% encarna directamente a terroristas, agentes hostiles o tiranos. Asimismo, el 67% de estos personajes es obligado a expresarse con acentos extranjeros muy marcados, reforzando el estigma de la extranjería radical.

Por lo que respecta a nuestro país, el historiador Esteban Vicente Boisseau en su obra Hollywood contra España que el cine de influencia anglosajona ha reproducido de forma ininterrumpida los resortes propagandísticos creados por los países protestantes en el siglo XVI. Los personajes de origen español suelen encarnarse bajo los atributos de la indolencia, el fanatismo, la crueldad inquisitorial o el folclorismo de pandereta. Mientras las figuras del imperialismo británico o estadounidense reciben un tratamiento narrativo indulgente y heroico, los exploradores y monarcas hispanos son presentados sistemáticamente como villanos ávidos de oro, con el agravante añadido de que sus papeles históricos son interpretados de manera rutinaria por actores anglosajones, relegando a los intérpretes locales a roles estereotipados o subalternos. En caso de que un personaje español quiera representarse de forma positiva, se suele recurrir a contratar a un actor anglosajón, como ocurrió con Russell Crowe interpretando a Máximo en Gladiador (2000).

En el caso particular de Grecia y su diáspora, la invisibilización es de tal magnitud que la presencia de actores griegos en las grandes producciones internacionales es prácticamente inexistente, hasta el punto de que ni siquiera existen estudios académicos dedicados a cuantificarla. Ni siquiera en películas como Mamma Mia! (2008), ambientadas en las islas, se les da un papel con nombre y apellidos, ya que todo gira en torno a las protagonistas extranjeras.

Mientras a los mediterráneos actuales se les niega la pantalla o se les confina en los tropos negativos mencionados, los actores anglosajones se apropian sistemáticamente de los roles principales: se reservan con total impunidad los papeles de dioses egipcios, emperadores romanos, héroes griegos, exploradores españoles y grandes personajes bíblicos.

La tan merecida y necesaria inclusión de actores de distintas razas en el cine hollywoodiense no atiende a este problema, puesto que su óptica sigue estando centrada en Estados Unidos. Si las producciones del siglo pasado presentaban cualquier época histórica desde la perspectiva de la supremacía blanca, las de este lo hacen desde la ambición de plasmar cómo es la sociedad estadounidense actual. Ninguna de estas dos opciones refleja la realidad antigua o moderna del mundo mediterráneo.

La manipulación de la memoria colectiva

Suele restarse importancia a estas dinámicas bajo el argumento recurrente de que la ficción cinematográfica no constituye un tratado historiográfico. Sin embargo, el impacto del cine en la configuración de la memoria colectiva global es profundo e incuestionable.

Esta manipulación estética se extiende de manera evidente al tratamiento del propio territorio. En el caso de La Odisea de Nolan podemos observar cómo los rodajes efectuados en enclaves naturales de la cuenca mediterránea son sometidos en la fase de postproducción a calibrados de color fríos, opacos y desaturados, cuyo propósito es despojar al paisaje de su luminosidad y calidez intrínsecas para subordinarlo a un canon visual que recuerda más al Mar del Norte que al Mediterráneo.

Imágenes del detrás de las cámaras oficial de 'La odisea', pertenecientes al mismo día de rodaje. Se puede obsevar cómo en la postproducción se altera el color del agua para volverla de un tono más grisáceo.

Al imaginario colectivo ha pasado también la imagen del pasado grecolatino como una serie de ciudades compuestas por edificios de columnas blancas. Al igual que con las estatuas, todos los estudios apuntan a que estos hogares y templos estaban decorados con policromía. Sin embargo, representar esto en la gran pantalla rompe con el ideario anglocéntrico que se nos ha presentado durante décadas.

Reivindicar una representación rigurosa, justa y respetuosa con la cultura y los pueblos del Mediterráneo no responde a un rechazo de la libertad de creación artística, sino a la necesidad de evitar esa distorsión.

Aunque, por supuesto, la crítica principal debería estar dirigida a los gobiernos de nuestros países que, en algunos casos, parecen preferir que se ruede en nuestro entorno películas que reinterpretan nuestra propia historia en lugar de invertir en la promoción de producciones cinematográficas. La cuenca mediterránea no puede continuar siendo reducida en las pantallas globales a un mero atrezo exótico, a una colección de villanos de cliché o a un escenario geográfico expuesto a intereses ajenos mientras la industria celebra una pretendida diversidad a costa de su propio borrado cultural.