Nuestra reseña de RODRICC y su ‘Chico perdido’

Entre el refinamiento de la producción y las carencias de la lírica: analizamos las luces y sombras del primer larga duración de RODRICC.

El barcelonés RODRICC ha presentado finalmente su primer álbum completo Chico perdido. Tras un proceso de cinco años de pruebas, descartes y entregas previas como el EP amor 925., el álbum reúne nueve canciones producidas mano a mano con Blue Lacey. La propuesta busca cruzar el indie alternativo, la electrónica y el pop urbano en la línea de nombres contemporáneos como Sen Senra, Rusowsky o Mvrk.

Los pros: cinco años de búsqueda y una producción sofisticada

Lo más destacable de Chico perdido reside en la indiscutible solidez de su arquitectura y la madurez sonora de su envoltorio. Lejos de sucumbir a la urgencia y a las prisas del mercado actual, el álbum refleja un cuidado trabajo de orfebrería en el estudio desarrollado de manera paciente a lo largo de un lustro. La labor conjunta con el productor Blue Lacey se percibe en cada transición, logrando tejer atmósferas envolventes, texturas interesantes como la flauta en UNA ETERNIDAD y capas sintéticas que dotan al disco de un espacio sonoro coherente.

Se nota también la indiscutible capacidad del equipo para cohesionar identidades referencias dispersas, como las mencionadas anteriormente, dentro de un mismo pulso emocional. Ese trabajo en el apartado estético y espacial puede que sea precisamente lo que ha situado al proyecto en el radar de la prensa especializada de la nueva escena, garantizándole una presencia muy relevante en listas editoriales de referencia como Fantasía, Helium, Radar Indie o Nuevo Urbano.

Cabe destacar también que el apartado audiovisual del proyecto resulta notablemente convincente: los videoclips hacen gala de una dirección artística sobresaliente y una factura impecable que enriquecen de forma muy notable la identidad visual del lanzamiento.

Los contras: tópicos líricos y melodías sin recorrido

Sin embargo, a pesar del trabajo minucioso en cuanto a la música, la propuesta tropieza en la lírica. En lugar de desarrollar una escritura, una forma de contar historias con identidad propia, las letras caen de forma constante en rimas facilonas y anglicismos super trillados en la música actual. Por ejemplo, escuchar giros como “entra al party” en vez de decir “entra a la fiesta”, que quizás sonaban frescos hace diez años, pero ya resultan molestos.

A lo largo del repertorio se detecta un abuso de frases ya muy repetidas por otros cantantes del género, como “cuando la miro se me para” o “tamos focus”, recurriendo a fórmulas gastadas que no aportan dinamismo.

El mayor obstáculo del trabajo aparece al analizar el rendimiento vocal. RODRICC adopta un modo interpretativo también demasiado manido en la música contemporánea: una voz masculina que canta a la vez que murmura, apoyándose en el autotune de una forma que dificulta saber si responde a un recurso estético o no. De nuevo, es algo que podría resultar novedoso si fuese el primer artista en hacerlo, pero teniendo en cuenta que es el sello personal del ya mencionado Rusowsky, simplemente queda en un cliché.

Esta limitación lastra de forma definitiva los momentos con mayor pretensión del disco, ya que el limitado rango vocal inevitablemente va de la mano de melodías planas. Incluso en canciones que sobre el papel podrían ser interesantes, como nana del rey triste.

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